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Categoría: La Represión
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IMÁGENES DE LAS VICTIMAS

            En este capitulo se presentan una serie de documentos de muy diverso contenido. El propósito es mostrar al lector desde cartas de presos que escriben en las horas previas a su asesinato, justificaciones de los militares en las sentencias para ejercer su represión, sanciones a las personas que no colaboran con las colectas del gobierno sublevado etc. etc.. El fin pretendido es  que el lector pueda sensibilizarse con el ambiente de dolor, miedo, irracionalidad, injusticia y represión que desataron los sublevados y las fuerzas que les apoyaron en los territorios que fueron dominando.

            Las cartas que publicamos en las siguientes líneas fueron escritas por los condenados a muerte en los juicios sumarios, durante los días u horas previas al cumplimiento de la sentencia. Estas cartas tenían como destino pasar de mano en mano entre los demás internos que se encontraban en la cárcel. Transmiten a los demás presos sus sentimientos íntimos, y en casi todas una fe inquebrantable en sus ideas de renovación para España.

 

            Valladolid 21 de septiembre de 1936

Amigos Elias y Badás: Por mediación vuestra quiero despedirme de todos los compañeros y amigos. Creo inútil deciros a vosotros cual es mi pensamiento a la hora de enfrentarme a los fusiles de mis asesinos, pues repetidamente lo he expresado hablando con vosotros. En cuanto a la posibilidad que hay de que los mercaderes de la religión que acosan a todos los condenados a muerte hagan circular el bulo de que han ganado mi alma, quiero hacer constar por adelantado que estoy dispuesto a no usar de sus servicios espirituales, aunque tenga que desobedecer a mi misma madre.

            Voy a la muerte tranquilo y confiado en que vosotros y todos luchareis hasta el último instante, e inclusive el sacrificio de la vida por el triunfo de nuestro ideal

            Muchos hemos caído pero los que quedáis disfrutareis del bienestar necesario y haréis participes a nuestras familias que quedan en el mayor de los sufrimientos: pues al final nosotros descansamos.

            Recibir el más cariñoso abrazo de este camarada que se despide de vosotros para siempre.

                                                               Isabelo Robles

                                      ¡Viva el Socialismo!

 

Isabelo Robles Sánchez, natural de Valladolid, fue fusilado en el Campo de San Isidro el día 29 de septiembre de 1936, y enterrado en una fosa común en el Cementerio del Carmen. En su carta alude a los mercaderes de la religión, los sacerdotes. No confesar y comulgar antes del fusilamiento solía suponer que ni siquiera les dejaran a los condenados despedirse de sus familiares, ni en persona ni por carta.         

            Para entender mejor las palabras y sentido de la voluntad de Isabelo o la oración escrita por Nicéforo que se trascribe posteriormente, nada mejor que leer estos párrafos que muestran cómo pensaba y sentía la iglesia que con tanto entusiasmo apoyo la labor “renovadora” de los sublevados. Articulo publicado en el Avisador Numantino. (Época 2ª, Año LIX, Número 5438, 20/03/1937)

            Dios, a la vista

            Días atrás se ha producido en Valladolid un suceso que esta llamado a tener extraordinaria repercusión en toda España.

            Ocurrió, que llegada la hora de cumplirse el fallo de la justicia ( el fusilamiento) sobre un pequeño grupo de marxistas, ninguno de los que lo componían quiso prestar atención  a los religiosos que les exhortaban a reconciliarse con Dios y recibir el sacramento de la Penitencia.

            Ya se disponían los Padres Cid y de los Ríos, Jesuitas, a abandonar a aquellos desgraciados con el consiguiente dolor de ver sus súplicas inútiles cuando alguien les advirtió que uno de los reos había sido alumno de la Compañía de Jesús. Entonces el Padre Gonzalo de los Ríos, sin duda súbitamente iluminado con una inspiración de lo Alto. Preguntó al interesado si había practicado alguna vez la devoción de los nueve primeros Viernes. Al contestarle este afirmativamente, el Padre redobló sus instancias para que se confesase y arrojase fuera de su alma el demonio que indudablemente poseía. Y en alta voz le conjuró diciéndole: “En nombre de Jesucristo, te mando que te levantes”.

            La tremenda escena conmovía  a los presentes. El ex alumno de los Jesuitas, sin embargo no parecía dar importancia a la suprema exhortación. Pero el Padre de los Ríos la repitió con mayor entonación y vehemencia: “¡En nombre de Jesucristo te mando que te levantes!”. Hubo unos momentos de angustioso silencio, al cabo de los cuales se advirtió como el infeliz se ponía súbitamente de pie, cual movido por un resorte, empalidecía y se desmayaba.

            Los demás reos, a su ejemplo conmovedor, recibieron todos también la penitencia final.

            En Valladolid ha tenido extraordinaria repercusión esta escena, tanto por la condición social de quien fue personaje de la misma, como por ser allí muy conocido el Padre Gonzalo de los Ríos que tuvo fortuna y el inmenso consuelo de contribuir  a la salud de unas almas en tanto peligro.

            Sobre el Padre Cid, Martín Jiménez (Martín Jiménez, I. “La Guerra civil en Valladolid (1936-1939” Amaneceres ensangrentados, Valladolid, 2000, p 198) cita el testimonio de un preso: “El padre Cid daba misa portando en su faja una pistola, que con frecuencia mostraba. Los sermones solían consistir en insultos como –hijos de la Pasionaria-, o -hijos de mala madre-, -ayer matamos a…..-seguido de la lista de todos los fusilados”.

           

            Oración –Escrita por Nicéforo Velasco

Oh Dios omnipotente! Por los innumerables tormentos que sufriste en la dolorosa pasión; suplicamoste hagas descargar tu divina justicia sobre los que están cometiendo crímenes cruentos.

            Así os lo pedimos, para castigo de hipócritas, farsantes y fariseos, y ejemplo de la humanidad

 

            A través de los testimonios y de la documentación, es apreciable que un hecho es el sentimiento anticlerical y otro distinto el sentimiento religioso, de los que fueron acusados de ser enemigos de la “religión”. La creencia en Dios o el mensaje de Cristo era muy común entre los republicanos de diverso signo ideológico. Incluso en aras de esos principios de amor al prójimo y justicia contenida en el evangelio, muchos justificaban su implicación social o política. El sentimiento anticlerical venía justificado, por haberse posicionado históricamente la iglesia a favor de los que tenían poder, olvidando al resto. Los sacerdotes eran vistos como instrumentos para mantener en servidumbre y resignación a la población. De hecho la fiereza de los asesinatos se cebo sobre todo en los sacerdotes, y en una proporción infinitamente menor en las religiosas; porque las veían y sentían dedicadas a labores sociales, y no a labores de proselitismo en favor de las clases dominantes.

           

            Otra carta de Nicéforo:

 

A todos los camaradas y amigos:

            Al fin va  a consumarse el sacrificio de mi vida inocente: Va a aumentarse la  ya larga lista de nuestro martirologio social.

            Con la serenidad que ha sido característica de mi vida y con el convencimiento del cumplimiento de mi deber, me acerco a la hora suprema de mi muerte, confiado en que vosotros sabréis atender a mi familia y reivindicar mi nombre.

            Como ruego final de mi existencia yo os pido que sepáis cumplir con vuestro deber, luchando por el triunfo del ideal y que en vuestra bandera de combate gravéis esta frase inmortal: Adelante, Siempre adelante; Hasta por encima de las tumbas; Hasta por encima de los altares; Adelante; siempre adelante.

                                  Nicéforo Velasco

            Una última carta de  Nicéforo Velasco guarda la esperanza de que se pueda vencer a los sublevados, y que con ello lleguen las lógicas restituciones de los expolios sufridos. La realidad ha mostrado que ni siquiera con una democracia establecida, estas personas han recibido el debido reconocimiento ni la obligada justicia.

 

            Amigo Elias: Por si llega (como espero) el día en que se pueda indemnizar, en parte las perdidas ocasionadas por la hecatombe, te agradecería hagas saber donde corresponda, que las mías por todos los conceptos (Biblioteca, radio, almacén, etc. etc.) alcanza la cifra aproximada de de 50 a 60.000 pesetas.

            Confío en que de ser posible conseguirás algo para mí familia

                        Gracias con un cordial abrazo. Nicéforo     20/9/36

Nicéforo Velasco, veterinario y hombre muy comprometido con la cultura y la instauración de la democracia en Valladolid fue fusilado y enterrado en el Cementerio del Carmen de Valladolid el día 26 de septiembre de 1936.            

            Una corta carta de firma ilegible:

            Camaradas mañana  a las     cantar la Internacional. Yo también la cantare al morir por los trabajadores.

                                   Os dejo un hijo ayudadle

 

            MARIA LUISA ALBORNOZ ÁLVAREZ

 

            Para las autoridades sublevadas la represión no alcanzaba solamente a los que consideraban “culpables”, si no que sus familias o allegados de muchas maneras eran también afectados. Un documento significativo de esta represión a personas que de forma directa no representan ni han representado papel alguno de oposición a los sublevados se refiere a Maria Luisa Albornoz Álvarez , quién permaneció encarcelada, entre otras cárceles, en la de Valladolid. Maria Luisa es una mujer de 45 años, casada y con seis hijos. Es detenida el 6 de enero de 1937 y todavía la encontramos en prisión el 18 de julio de 1939.

            La documentación no tiene desperdicio. Se recibe en la prisión provincial de Valladolid un telegrama postal del Gobernador Militar de la Plaza de Valladolid, en el que se pregunta que reclusos hay en dicha prisión en calidad de rehenes. En la contestación del jefe de prisión, dice: “que se encuentra detenida en dicha prisión Luisa Albornoz Álvarez, que se supone esta detenida por ser sobrina de Albornoz, ministro que fue de justicia en uno de los gobiernos de la República: Fue detenida en Oviedo el 6 de enero de 1937, trasladada a Lugo el 4 de marzo del mismo año, ingresando el ¿?  del mismo mes y trasladada a esta Provincial (Valladolid) en el mes de Abril último por haberlo solicitado del Generalísimo por tener familiares en esta localidad. Fechado: Julio 19 de 1939”.

            En otro documento, esta vez expedido por el director del Hospital Provincial de Valladolid dice: “Pongo en conocimiento de V. que con fecha 13 de los corrientes ingresó en este establecimiento la detenida Maria Luisa Albornoz Álvarez, a disposición de S. E. el Generalísimo, según orden del Excmo. Sr. Gobernador Civil de esta provincia…….17 de abril de 1939”.  

            JOSÉ RUBIO SARAZIBAR

            La siguiente documentación hace referencia al asesinato de un teniente coronel del ejército por parte de sus compañeros sublevados. No debemos olvidar que las dos primeras victimas provocadas por los sublevados vallisoletanos fueron los comandantes Liberal y Rioboo, que morirán, y que el propio Capitán General, Molero, recibió un tiro de menor gravedad en una pierna, la noche del 18 de julio. Como ya escribimos en la introducción, si el golpe de estado fracaso lo fue por la división en el ejército. La propaganda franquista y sus seguidores ideológicos, siempre han dado a entender que la sublevación fue seguida por la mayoría del ejército, algo que además de no ser cierto, esconde la brutalidad que ejercieron también con sus propios compañeros de armas.

            La base documental que presentamos son unas notas de Antonio Ruiz Villaplana, que fue secretario judicial en Burgos (Villaplana Ruiz, A. “Doy Fe, un año de actuación en la España nacionalista”, 2012, Espuelas de Plata, pp. 105-111). El interés de su escrito estriba no solo en la descripción cruda y dura del acto de identificación de unos cadáveres, si no además porque nos informa de la mecánica de cómo operan los sublevados para hacer desaparecer los cuerpos de los asesinados, así como de quienes dirigían aquellos asesinatos. En Valladolid, y en general en toda nuestra región es muy difícil el hallazgo de las fosas comunes, sobre todo a partir de la segunda quincena de agosto del 36, porque los asesinos tuvieron cuidado en buscar lugares discretos y enterrar rápidamente a las victimas. El texto es clarificador.

            Por otra parte vemos en la documentación generada como utilizan diversos mecanismos para no dejar rastros que pudieran llevar en el futuro a encontrar los desaparecidos.

            José Rubio Sarazibar nació en Vitoria el 9 de octubre de 1881, tenía en el año36, 54 años. Aunque aparece como destinado en Lérida, en los meses o días previos a la sublevación prestaba servicio y vivía en Valladolid.

            En la pieza separada del juicio al ex alcalde Antonio García Quintana, hay diversa documentación sobre la investigación que realizan las nuevas autoridades sublevadas para conocer quienes estuvieron reunidos los días del 14 al 18 de julio en el Gobierno Civil, con el objeto de tomar medidas ante la posibilidad de un golpe de estado. En la relación de los presentes figura José Rubio Sarazibar. Así como en otros documentos de esta causa (ATM IV, Causa 229/36, Pieza separada) . Hay otra causa en la que también aparece nombrado: ATM IV, Causa 118/36. Su familia tras su muerte seguirá viviendo en Valladolid

            Es detenido en Valladolid el día 19 de julio, y trasladado y encarcelado en la prisión provincial de Burgos por sus compañeros sublevados. Su mujer la única noticia que recibe, es que su marido muere en un accidente de coche el día 19 de agosto. Y cuando quiere inscribir en el registro la defunción, se encuentra con serias dificultades, porque en Burgos le contestan que no lo pueden registrar, porque esta ciudad no fue su último domicilio, y en el registro de Valladolid cuando piden información al juzgado de Burgos, contestan que no constan datos de identificación de José Rubio. La mujer aparece el 5 de enero de 1937 en una relación que se elabora en Valladolid para la Junta Provincial de Beneficencia, con el objetivo de prestar ayuda a los que han quedado abandonados, por “haber desaparecido o haber sido ejecutada la persona que atendía a su subsistencia”.

            Escrito de Antonio Villaplana: CONTINÚA LA “LIMPIEZA EN LA RETAGUARDIA”

Después de una noche de intranquilidad –esas noches de Burgos de entonces, en tinieblas, pobladas de himnos chillones y claxons roncos-, la voz del alguacil, que nervioso golpeaba mi puerta, me despertó sobresaltado.

Don Antonio…Levántese, que tenemos otros siete “fiambres”.

Me incorpore adormilado y respondí maquinalmente:

            -Espéreme en casa del juez, que me arreglo enseguida.

El alguacil marchó lentamente y aún se oían sus recias pisadas cuando empecé a vestirme nerviosamente.

¡Siete “fiambres” mas!. Las crudas palabras resonaban aún en mis oídos; llevamos así veinte, cuarenta…(no sabía ya cuantos) días, pues había ya perdido la cuenta de aquel periodo de pesadilla

(….)

Cuando llegué a casa del juez me esperaban en el portal, junto al coche del juzgado, el alguacil y dos personas más. Una de ellas era un oficial de la Guardia Civil, jefe de un puesto cercano y famoso en toda la línea por su “tacto e inteligencia de mando”.

Comprendí al oírle, que había habido actuación aquella noche y que venia a servir de guía y orientación en la expedición obligada. Por algo imponderable e indefinido, aquel individuo, con quien crucé apenas la  palabra en ocasiones aisladas, me tenía poca simpatía, y por esta razón no quise hacer pregunta alguna sobre el hecho que nos reunía.

La otra persona que esperaba mi llegada era un tipo notable y digno de estudio.

Aprovechándose de la amistad relativa que le unía al juez, y con gran descontento de este, valiase de ella para asistir a todos los hallazgos de cadáveres y demás actos análogos. Era un hombre de avanzada edad, seco, cetrino, vestido siempre de luto riguroso que entonaba perfectamente con los cuadros a que asistía.

(….)

En términos de gran regocijo comentó que, por lo visto,”hoy se trataba de peces gordos”

(…)

Nos acondicionamos todos con estrechez en el coche oficial y tomando la carretera de Valladolid pasamos el fielato, deteniéndonos al final de una subida algo pronunciada; allí nos internamos en una vereda y llegamos a un pequeño altozano en el que la presencia de varios números de la guardia civil y de las brigadas de deposito funerario indicaban que era el sitio de autos.

El oficial perfecto conocedor del sitio, nos dirigió a un sembradillo y en una zanja cercana, que parecía recientemente removida, ordenó excavar a los empleados del depósito.

Lejana, la silueta del Penal se destacaba en el horizonte, entre el silencio sepulcral de los reunidos, las paletadas de los obreros chirriaban al tropezar con las piedras del terreno.

Uno tras otro, terriblemente desfigurados por las heridas y la inhumación, alguno con destrozos causados por los paletazos, se extrajeron siete cadáveres, que se colocaron en fila ante nosotros. Se reconoció enseguida a todos ellos: el coronel Mena, primer jefe de la guardia civil; el teniente coronel Rubio Sarazibar; dos industriales de Burgos, “El Riojano” y Abad, agente comercial y concesionario de conservas; el capitán Marin, de la guardia civil, y dos obreros del directo Madrid-Burgos.

De las explicaciones dedujimos que el coronel había sido ejecutado por obedecer las ordenes del gobierno de Madrid y enviado allí ciertos presos, entre ellos el general González Lara; el teniente coronel y el capitán Marín, cuya aparición nos emociono sobremanera, por haber trabajado frecuentemente en el juzgado, fueron fusilados por haber acompañado a los mencionados presos; los dos industriales por pertenecer al Socorro Rojo Internacional, “del que cobraban mil duros mensuales”, y los obreros, por….no ser “trigo limpio”, frase cuyo alcance no comprendí, pero que debía ser definitiva, por los asentimientos que mereció, singularmente por el acompañante enlutado.

Los siete desventurados cuyos cadáveres teníamos delante, habían sido sacados del Penal aquella noche, simulando un traslado de prisión, y llevados allí, donde se les hizo saber que no iban trasladados si no que iban a ser pasados por las armas.

Todos se mantuvieron serenos a excepción de uno de los industriales que lloraba y gemía, jurando que era inocente y no había hecho nada.

 -¡Claro! ¿Qué iba a decir el muy canalla?.....cometo el enlutado.

El coronel Mena, republicano, antes de morir, se quitó una sortija y encargó a uno de los ejecutadotes que se la entregara a su hija, rogándole que la consolase en lo posible, pues la pobre no sabía nada.

            -Como se perdió mucho tiempo en estas y otras “ternezas” –dijo alguien-, se hizo de día y hubo que apresurar la cosa, enterrándoles malamente.

            -Las prisas nunca son buenas –dijo otro-. Así, se quedaron a flor de tierra, y esta mañana, se conoce que algún perro ha escarbado y unos pastores han visto, al pasar, la mano de uno, avisando al puesto y al juzgado.

            -Esto no puede ser, continuó; hay que hacer las cosas bien; porque además, se molesta a estos señores sin necesidad (el subrayado es nuestro)

A pesar de que todos sabían perfectamente quiénes eran los aparecidos, nadie osó reconocerles oficialmente, y tanto en el cementerio –al que fueron trasladados los cadáveres- como en los folios sumariales, rezó la repetida y fatídica inscripción:

Siete cadáveres desconocidos.

Hallados en el altozano junto al km. 102 de la carretera de Valladolid.