Destacamos

Ahora ya está la tierra levantada
y no hay playa debajo
sino espejos
con millones de ojos y miradas
que elevan sus reflejos
al borde de la nada.
 
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La Sublevación PDF Imprimir E-Mail

Desde las elecciones de febrero hasta el golpe de estado del 18 de julio el clima político y social se deterioró de forma dramática en Valladolid.

Ciudad de provincias y guarnición militar, nudo de comunicaciones y centro agrario, Valladolid reunía las condiciones ideales para que el drama que estaba a punto de desatarse lo hiciera con toda la intensidad e irracionalidad posible.

Socialmente la capital se definía por los contrastes: un núcleo obrero importante en forma de los trabajadores ferroviarios, concienciados y politizados, de mayoría socialista; una cantidad significativa de profesionales liberales cultos y progresistas que habían dotado al régimen republicano en Valladolid de funcionarios y dirigentes; un sector significativo de la pequeña y mediana burguesía que simpatizaba abiertamente con el sistema democrático republicano, cuyos máximos representantes (el Gobernador Civil, el Alcalde, el Capitán General de la División Orgánica) estaban entre sus más decididos servidores.

Enfrente las clases altas, de tradición monárquica y conservadora; la mayoría de la burguesía urbana, fuertemente católica; los pequeños propietarios rurales; una minoría violenta y activa de falangistas y jonsistas, cuya actividad fue decisiva antes y después de la rebelión; los mandos medios del ejército, la guardia civil y la guardia de asalto, firmemente comprometidos por acción u omisión con la rebelión militar, y, por supuesto, la Iglesia  católica, oponente tenaz de la república desde la constitución de ésta.

Los incidentes violentos, desde Febrero, fueron prácticamente diarios y algunos de carácter muy grave. Llevando a la práctica la teoría joseantoniana de la “dialéctica de los puños y de las pistolas”, los miembros de Falange y de las JONS se lanzaron con entusiasmo a una espiral de agresiones contestadas por extremistas de la CNT o el partido comunista. Para atajar esta situación, el nuevo gobernador civil, Lavín, dictó órdenes de prisión para gran cantidad de miembros de ambos grupos: en julio de 1936 no había menos de ciento cincuenta falangistas en la cárcel, donde protagonizaron numerosos incidentes.


 
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